Saturday, June 27

Donde el mundo se detuvo

 


Pero ¿qué pasa cuando la oscuridad no está solamente afuera, sino también dentro de nosotros? ¿Qué pasa cuando dejamos de cuestionar? y cuando el miedo nos paraliza y entregamos nuestra capacidad de pensar y decidir?

Creo que estamos olvidando muchas cosas esenciales. Dejamos de escuchar a la naturaleza, de cuidar nuestro cuerpo y de reconocer esa conexión profunda que nos une con la Tierra y todo lo que existe. La luz que nos llega del universo nos recuerda que somos parte de algo mucho más grande. Nuestra conexión con el cielo, con la esencia y con nuestro propio ser es parte de esa búsqueda que tantas veces dejamos de lado, distraídos por el ruido, las preocupaciones y los miedos cotidianos.

Sin embargo, pareciera que cada vez nos cuesta más levantar la mirada, contemplar y preguntarnos qué estamos haciendo con nuestra vida. Hoy nos preocupamos por sobrevivir, pero ¿cuánto nos ocupamos realmente de vivir? Nos hablan de salud, de seguridad, de libertad, pero ¿cuánto espacio nos queda para reflexionar, para elegir conscientemente y para hacernos responsables de nuestras propias decisiones?

También permitimos que el miedo ocupe un lugar demasiado grande en nuestras vidas. El miedo a la enfermedad, al contagio, a la muerte, al futuro, a lo desconocido. Y cuando el miedo gobierna, la razón se nubla, la conciencia se debilita y dejamos de escuchar esa voz interior que tantas veces intenta mostrarnos el otro camino.

No se trata de negar la realidad ni de ignorar los peligros que existen. Se trata de aprender a mirar con mayor conciencia, sin miedo de buscar información, de distinguir los hechos de las suposiciones y de no entregar nuestra libertad de pensamiento a nadie.

Porque una sociedad que deja de pensar por sí misma corre el riesgo de convertirse en prisionera de sus propios miedos y de lo que otros deciden.

Está claro que la pandemia puso en evidencia nuestra vulnerabilidad, pero también dejó al descubierto otra pandemia, menos visible y no por eso menos preocupante: nuestra indiferencia, nuestra ignorancia y esa costumbre de aceptar las cosas sin preguntarnos qué consecuencias tienen para nosotros, para los demás y para el mundo. Si seguimos permitiendo que nuestros campos, nuestros alimentos y nuestro entorno se deterioren por prácticas que perjudican el equilibrio natural, ¿qué futuro estamos construyendo? Los productos transgénicos, los herbicidas, los pesticidas y tantas otras cuestiones relacionadas con nuestra forma de producir y consumir merecen ser examinados con responsabilidad, conocimiento y conciencia.

Hay que desaprender muchas cosas. Cuestionar lo que aceptamos como verdad absoluta y tomar la iniciativa en temas de salud, educación, seguridad, consumo, fabricación y reciclaje. Necesitamos comprender que cada decisión cuenta, que cada producto que consumimos tiene un impacto y que nuestras acciones pueden beneficiar o perjudicar al medio ambiente.

No podemos seguir viviendo como si la Tierra fuera un recurso inagotable, como si todo lo que recibimos nos perteneciera sin obligaciones. Somos parte de ella, dependemos de su equilibrio y, de alguna manera, también somos responsables de su destino.

Y en medio de tantas preguntas, de tanta incertidumbre y de tanta oscuridad, vuelvo siempre al mismo lugar: el corazón.

Dios es tan justo que nos concedió la posibilidad de encontrar, dentro de nosotros mismos, ese espacio donde todavía habita la verdad, aunque tantas veces la silenciamos con nuestras elecciones, el egoísmo o nuestra indiferencia. Dentro de nosotros está la conexión sagrada con el cielo, con la Tierra y con todo lo que nos recuerda que la vida tiene un sentido mucho más profundo que el simple hecho de existir.

Por otro lado, hay algo que siento profundamente: la luz infinita del AMOR siempre, siempre nos llega por el corazón y no por la mente.

La mente puede confundirse, llenarse de dudas, quedar atrapada en los razonamientos y en los miedos. El corazón, en cambio, cuando aprendemos a escucharlo de verdad, puede convertirse en ese lugar donde recuperamos la paz, la compasión y la capacidad de reconocernos en el otro. Los miedos impuestos, las divisiones y el ruido del mundo parecen querer alejarnos de esos sentimientos, de esa fuerza que no necesita imponerse para transformar, ni gritar para hacerse escuchar. Porque el amor no encierra, no somete, no destruye. El amor nos devuelve a nuestra esencia, nos invita a cuidar, a comprender y a vivir con mayor conciencia.

Dios provee lo necesario para cada corazón, pero está en nosotros aprender a escuchar, reconocer y recibir lo que nos acerca a la verdad, a la paz y al bien.

Quizás no podemos cambiar el mundo de un día para otro. Pero sí podemos comenzar por nosotros mismos, por nuestras decisiones, por la manera en que tratamos a los demás y por la conciencia con la que habitamos este planeta.

Que no sea el miedo el que dirija nuestros pasos. Que no sea la oscuridad la que nos haga olvidar la luz. Y que ninguna guerra, visible o invisible, nos haga perder lo que todavía nos mantiene unidos. Cuidemos de nuestro ser interior, ese faro encendido por el Amor que, aun en las noches más oscuras, sigue mostrándonos el camino de regreso a nosotros mismos.