Hoy, los hospitales son los nuevos campos de batalla. Los médicos y el personal sanitario, los soldados. Y nosotros, somos parte de esta guerra que nos toca vivir, encerrados en casa, como prisioneros de una realidad que ninguno eligió.
¿Será esta una nueva guerra mundial, quizás la tercera?
La diferencia es que esta vez no nos la cuentan, ni la vemos a través de las imágenes de una pantalla. La estamos viviendo en carne propia, desde nuestro propio encierro. Sabemos que cuidarnos y cuidar a los demás es una responsabilidad que nos corresponde como ciudadanos, pero eso no quita que sintamos que también se nos priva de una parte de nuestra libertad. Y, en los casos más difíciles, la lucha es por algo mucho más esencial, seguir viviendo.
A lo largo de la historia, se han escrito innumerables libros con relatos y testimonios sobre las consecuencias devastadoras de las guerras. Cambian los escenarios, cambian las circunstancias, pero siempre quedan las heridas, el miedo, las pérdidas y las preguntas que nadie puede responder. ¿Hasta dónde puede llegar la maldad cuando el poder se impone por encima de la vida? ¿Hay algo más detrás de tanto sufrimiento, algún plan macabro que desconocemos? ¿O llegamos a un punto en el que nos cuesta distinguir entre los peligros reales y aquellos miedos que otros pueden despertar en nosotros? Quizás, en medio de tanta incertidumbre, lo más difícil sea precisamente eso, aprender a mirar lo que sucede con claridad, sin dejarnos dominar por el miedo y sin renunciar a nuestra capacidad de pensar, cuestionar y decidir por nosotros mismos. La vida sigue y mientras todo avanza yo también y reflexionando sobre todo...
P.D: Asomada a la ventana, contemplé el atardecer. Amo como estos cristales enmarcan el mundo. Hoy el cielo se coloreó como un lienzo en constante cambio, un cuadro perfecto de ese preciso instante y del siguiente. Qué manera tan hermosa de ver como todo cambia y se transforma.




