No fue casualidad
quien dibujó tu nombre en mi destino,
antes de tu primera mirada
ya te amaba, con un amor impensable.
En tus noches de insomnio
enciendo luces invisibles,
y cuando la oscuridad te atraviese el alma
habrá un pulso mío junto al tuyo
remando despacio
hacia un mar sin tormenta y en calma.
Nada se compara con este infinito,
pronunciarás mi nombre como quien invoca
la única certeza.
Porque, en lo profundo,
me conocías desde siempre.
Fue en aquella tarde de paseo y confesiones
donde por fin escuché tu voz.
Y algo en mí apagó el modo supervivencia,
la dureza aprendida,
desactivó el orgullo, esa armadura fina
que pesa más que las cadenas.
Abrí los brazos al mundo.
No hacia afuera, sino hacia adentro.
Me volví agua, liviana y translúcida.
Para que pudieras ver a través de mí.
Y en un fulgor inmerecido
sin resistencia, al caer,
me entregué sin miedo
y ya nunca más me solté
de tu océano.
Tu brisa envolvente
me rescató de mí misma
y del olvido.
salvando de la distancia inventada
para no sentir.
Porque hay una memoria que no muere
Ahora lo se, no empieza ni termina
simplemente recuerdos que se reconocen
en el verdadero amor.





