Confío en las emociones,
en esa fuerza invisible que,
aun después de la tormenta,
encuentra la manera de reconstruirse.
Confío en la capacidad del alma
de volver a levantarse,
de encontrar sentido entre oscuridades
y luz en medio de la incertidumbre.
Creo en los amaneceres,
no porque prometan certezas,
sino porque recuerdan que nada permanece inmóvil,
que todo cambia,
que siempre existe la posibilidad de volver a empezar.
Y, por encima de todas las cosas,
creo en el amor eterno.
No en el amor perfecto,
sino en aquel que transforma,
que deja huellas imborrables,
que nos expande y nos demuestra,
aunque también nos hace ver las cosas mas claras.
Creo en la valentía silenciosa
de quien se entrega a la vida sin garantías,
de quien abraza lo desconocido
y continúa caminando.
Creo en la belleza auténtica
de dejar que el tiempo fluya,
sin intentar retener lo que se va
ni apurar lo que no llegó.
Creo en el riesgo inmenso
de vivir con el corazón abierto,
sabiendo que toda verdadera entrega
implica también la posibilidad de salir lastimados.
Después de todo,
nunca busqué un camino hacia la libertad.
Porque comprendí que la libertad
no se encuentra al final de ningún destino,
ni espera detrás de ningún logro.
La libertad está en cada elección consciente,
en cada verdad que nos animamos a construir,
en cada paso dado avanzar honrando a quienes somos.
Y quizá la vida no sea otra cosa
que aprender a caminar ese sendero,
consecuentes a nuestra esencia,
el alma despierta
y el coraje suficiente para seguir adelante,
incluso cuando el horizonte se siente lejano.
P.D: Es una reflexión profunda de vivir sin corazas, abrazando la vulnerabilidad como un recurso poderoso y entendiendo que la libertad no es una meta final, sino el motor que nos impulsa en cada decisión. Es esa valentía de ser, sentir y existir sin condiciones a lo que realmente apasiona y enciende cada día.

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