La vida no fue sencilla,
y el camino no estaba libre de sombras,
conocimos la incertidumbre de la noche,
y aun así seguimos buscando la luz.
Los senderos que dolían,
los caminos que exigieron lágrimas,
silencios,
renuncias
y una fe que parecía imposible sostener.
Fueron los caminos que transformaron las almas,
los que arrancaron lo superficial
y revelaron lo eterno.
Fué la verdad,
aunque a veces llegó vestida de pérdidas.
Aunque incomodó.
Aunque dolió.
Porque nada paraliza mas que alejarse de uno mismo.
Fué esa parte invisible que habita en cada ser,
esa llama pequeña que ni el tiempo,
ni las ausencias,
ni las derrotas lograron extinguir.
Fueron las palabras,
los abrazos que nacen del corazón,
las miradas que dicen lo que los labios callan,
la ternura que sobrevive incluso después de las heridas.
Todo eso nos hace quienes somos.
No una versión perfecta,
sino una hechas de cicatrices,
de aprendizajes,
de errores,
de caídas
y de regresos.
La versión que aprendió la capacidad infinita del alma
para reconstruirse después del derrumbe.
Fueron los sueños,
los que el miedo intentó arrebatarnos,
aquellos que aún respiran dentro
como semillas esperando la primavera.
Y aunque el mundo nos diga que es tarde,
aunque la incertidumbre golpee la puerta,
seguiremos construyéndolos,
porque hay sueños que merecen una vida entera de fe.
Esta en la historia.
En cada paso equivocado.
En cada pérdida.
En cada despedida.
Porque incluso lo que nos rompió el corazón
terminó por enseñarnos algo sobre el amor,
sobre la fortaleza
y sobre la profundidad de estar vivos.
Está en la necesidad de dar.
En esta forma obstinada que tienen las almas
de ofrecer luz, incluso cuando atraviesan la oscuridad.
Y queremos pensar
que en algún rincón del mundo
existe alguien esperando exactamente eso:
una palabra,
una presencia,
una pequeña porción del amor que guardamos dentro.
Esta en la amistad que permanece.
En los besos sinceros.
En la lluvia que limpia viejas tristezas.
En las sonrisas que aparecen cuando todo parece perdido.
Y en los secretos que descansan seguros
entre las manos de quienes aman de verdad.
Esta en Dios.
En Su presencia silenciosa cuando no entiendo.
En Su abrazo cuando la soledad pesa.
En Su obra paciente cuando todo parece roto.
En la vida,
en sus misterios,
en sus encuentros improbables,
en las lecciones escondidas detrás de cada herida.
Y existe una belleza inmensa
en permanecer fiel a uno mismo
cuando sería más fácil renunciar.
Pero, sobre todas las cosas,
esta en nosotros mismos.
En volver a levantarnos
cuando el cansancio pesa en los huesos.
En recoger los propios fragmentos
y volver a construir esperanza con ellos.
En quienes lloran,
pero continúan.
En quienes dudan,
pero avanzan.
En quienes caen,
pero jamás convierten la caída en morada.
Y cuando el viento nos arranque las velas,
cuando el mar se vuelva incierto
y la tormenta parezca interminable,
Seguiremos.
Porque hay algo dentro de nosotros
más fuerte que el miedo,
más profundo que la tristeza
y más antiguo que cualquier derrota.
Una voz serena e invencible
que aún susurra:
“Continúa.”
Y mientras esa voz exista,
seguiremos.
Seguiremos caminando.
Seguiremos amando.
Seguiremos viviendo.

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